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ESTA VEZ HAY SILENCIO

ESTA VEZ HAY SILENCIO

Parece que el Papa Francisco mide bien los tiempos. Y que no se va a quedar en los primeros días aquellos de los abrazos y besos a los paralíticos, enfermos, ancianos y desvalidos en la Plaza de San Pedro.

El Papa no está dispuesto a ser una estampa de las paulinas con un aforismo de Tagore. Se diría que viene por derecho, sin edulcorantes ni morfinas de siglos, cuando el propio catolicismo fue dejando obsoleto e inadecuado a Juan el Bautista, la voz que predicaba en el desierto sin callarse ni una. Al llegar el día en que hubo de bautizar a Jesús de Nazaret, el galileo no le recriminó una sola de sus valentías; simplemente se arrodilló esperando que le derramara el agua sobre la cabeza. Nadie nadó y guardó la ropa en el Jordán. No serían ellos los inventores de esa forma de mentir llamada diplomacia… vaticana, la que hubiera evitado rodar una cabeza.

El Papa ha denunciado que le duele -¡le duele!- ver a curas o a monjas con autos último modelo. “En este mundo en el que las riquezas hacen tanto daño, los curas y las monjas tenemos que ser coherentes con la pobreza”. Y ha pedido a la Iglesia que renuncie a la riqueza, que la riqueza hace daño a la Iglesia.

Es como si se empezaran a leer en alto párrafos del Evangelio que parecían de segunda categoría, como ese de que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. Es como si el Papa Francisco pisara estancias deliberadamente cerradas y les descorriera las cortinas.

Esta vez callan los de siempre con lo de siempre: el Opus, los Catecúmenos, la Conferencia Episcopal, las monjitas o los curitas, con el sexo, los gays, las lesbianas, el aborto, los actos impuros, la píldora o pecar gravemente por no ir a misa los domingos. Silencio. No hay reacciones. Ni siquiera comentarios bien divulgados y con la misma energía publicitaria de otras veces.

Va a sonar muy raro: me da la impresión de que lo mejor del Papa es que no está muy católico, pero sí más cristiano que nunca. Y espero que el tráfico religioso circule de otra manera y que un cardenal en Sevilla, al bajarse de su coche, no vuelva a parecerme Michael Jackson.

José María Fuertes

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