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PACO GALLARDO

PACO GALLARDO

Lo mismo que existen ciudades que deberíamos conocer en el momento oportuno, hay escritores a los que deberíamos leer a tiempo.

Cuando llegué a París con cerca de cincuenta años, lo primero que pensé es que mis hijas pondrían los pies sobre ella mucho antes que yo. Y cuando leí a Paco Gallardo, me pareció inconcebible que un autor así no se incluyera en los planes de estudio. No está bien vivir tantos años sin saber cómo es París, lo mismo que tampoco es bueno crecer sin el reclamo conveniente de la mejor sensibilidad. Habría que ir cuanto antes de la mano de un buen libro como de la de nuestros abuelos.

Paco Gallardo es un doctor especialista en medicina deportiva. Pero esa definición es tan concisa como si yo estuviera encargado de hacerle las tarjetas en una imprenta. Hay personas sin perímetros. Y Gallardo es uno de esos hombres que no se acaban nunca, porque ellos mismos no quieren acabarse, son ellos mismos quienes obedecen a una admirable ley natural de vivir apasionadamente sin terminarse, les latirá siempre el corazón de un principiante, nunca el de un jubilado. Ni lo está ni lo estará. Frente a sus inquietudes jamás vencerá la edad. Está pletórico de miradas nuevas, de asombros incesantes, de deleites con los más íntimos perfiles de lo humano. Por eso, además de ser médico, publicó “El rock de la calle Feria” y, también por eso, ganó el primer premio de novela histórica del Ateneo sevillano con “La última noche”.

Pero lo que más me gusta de Gallardo es que parece escribir con música, como si distribuyera su prosa por un pentagrama. Si tocara el piano -que igual lo toca-, sus manos quedarían a la misma distancia entre la literatura y componer canciones. Cualquier día, si no lo ha hecho ya, se deslizará hábilmente por los tonos mayores y más brillantes de una coda. Cualquier día alguien le cantará sus silencios. Desempolva los viejos vinilos de Brel, Aznavour o Paco Ibáñez, convirtiéndolos en prólogos sonoros de estancias confortables, esas en las que la luz pareciera entrar por buhardillas de Montmartre, o tomaran la oscuridad estelar del Olympia. Acabo no sabiendo a ciencia cierta si he leído unas páginas o he escuchado un disco. Deja las palabras como si fueran apuntes de acordes, señales de una armonía, anotaciones del ritmo. Pocas veces se habrá cumplido tan magistralmente con la preceptiva de la musicalidad, que llega a ser tan penetrante como la aguja que en un microsurco va siguiendo la aventura de la nostalgia.

Paco Gallardo escribe la redención de tantos vacíos, el lacerante ruego en francés de la compañía, y te deja una hoja impregnada de melancolía cuando la última copa, que ya no logra subir hasta los labios, derrama entera una madrugada y moja de alcohol el papel con angustias de los bohemios.

Pepe Fuertes

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1 Comment

  1. Edith Velasco 31 agosto, 2015 at 10:32 pm

    Qué buen ojo clínico tienes para saber encontrar a los grandes e importantes. Y que lo compartas con nosotros. Muy interesante la historia que nos relatas, como tú sabes hacerlo. Gracias.

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