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ILUSIONES SIN CERTEZAS

ILUSIONES SIN CERTEZAS

Los lectores me llegan por distintas calles, según sus vidas, pero en la misma dirección.

Ya no me cabe duda de que escribes la palabra amor y atraes las miradas como con ninguna otra. De alguna manera, esto me hace pensar que no todo está perdido; y que la buscamos ya hasta debajo de las piedras.

Sin disimulos, y amparados por mi discreción, reconocen sin complejos aspirar al amor para toda la vida. Pero, ¿Eso es ya posible? ¿Puede esperarse la eternidad en un mundo que está construido de momentos, en una existencia que dedica su supremacía a meros instantes de felicidad provisional? ¿Nos habremos convertido los unos para los otros en meros escaparates de los que elegir apetencias pasajeras?

Diré hasta la saciedad si hace falta, como si fuera una forma de agradecimiento constante, que lo mejor del texto que uno escribe es el que los demás suman al tuyo desde su propia cosecha. Y así me confía una mujer divorciada que ya no le importan las certezas, que puede vivir sin ellas, que sabe vivir sin ellas; pero que a lo que no está dispuesta a renunciar es a las ilusiones. Estupendo. Le alabo el gusto. No ha podido expresarlo mejor. Porque estoy convencido de que en esta vida nada hay importante que pueda partir desde la seguridad más absoluta. El ser humano se debate originariamente entre la sopa boba o acabar bajo el puente; y debería de obedecer siempre al hecho de traer genéticamente –quiera o no quiera verlo- una naturaleza de riesgo, de apuesta firme, de inversor arrojado que ignora el resultado final de su balance. Si para dar un paso, encaminado a lo que sea, tuviéramos que contar con lo infalible, probablemente no adelantaríamos un solo pie.

Creo que, en el fondo -confesado o no-, todos quieren aquello a lo que están renunciando. Y es, antes incluso que al amor, a la valentía para conseguirlo. Desean querer y ser queridos, pero no están dispuestos a pagar un peaje de atrevimiento y coraje indispensable para hacerse con el amor.

En muchos de vuestros correos me solicitáis que escriba sobre el divorcio y mi forma positiva de verlo. Lo haré pronto. Lo haré porque hay incluso casos en los que se me pide ya como una auténtica ayuda y socorro para familiares y amigos; e incluso madres para las que se me encomienda el alivio que necesitan. Adelantaré sin embargo, y por extraño que suene, que el divorcio no es un pasaje al que se ha llegado porque todo se ha perdido, sino, al contrario, la zona vital en la que uno puede encontrarse precisamente porque va a ganarlo todo. ¡Todo!

Lo del matrimonio no deja de ser un curioso trasiego en el que muchos de los que están, quieren salir; y muchos de los que no están, quieren entrar.

La patente de la felicidad no está en ninguna parte, en ningún estado, ni sólido, ni líquido ni gaseoso. Algunos me dicen que la felicidad es posible individualmente, que la felicidad no sólo se consigue formando parte de una pareja. Y estoy de acuerdo. Porque también individualmente nos podemos realizar, de la misma manera que hay compañías que nos aniquilan, relaciones en las que uno de los dos se encarga de ir disolviendo la personalidad del otro, exigiéndole una forma de ser que no es la suya y nunca lo fue, sometiéndolo paulatinamente y con habilidad a un comportamiento que no siente como propio. Pero ese tema da para largo y estas opiniones no hacen más que abrir -como muchos lectores piensan- las puertas de un largo debate sobre las situaciones en las que se encuentra cada uno.

Mientras tanto, estoy completamente de acuerdo con esa mujer divorciada que habrá tenido que apearse de su matrimonio, que habrá tenido que rendirse poco a poco a la evidencia de que ya no tenía futuro; pero que no renuncia a algo tan legítimamente humano como son las ilusiones, por mucho que haya que atravesar por ellas sin certezas.

José María Fuertes

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