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Esa sangre veloz de los artistas. » Se fueron»

Esa sangre veloz de los artistas. » Se fueron»

Se fueron. Los últimos lo hicieron hoy. Los primeros, ayer miércoles, salieron con Triana, el Cerro y La Macarena. Verles fue como asistir al principio de un éxodo camino de la tierra prometida de Almonte. No podré acompañarles, pero sé adónde van; por eso tengo lágrimas al despedir las carretas. No puedo transitar sus senderos, pero conozco hasta dónde les llevarán sus pasos; por eso me emociono cuando pasa el Simpecado.

-Adiós, les digo. Acordaros de los que nos quedamos aquí cuando estéis delante de Ella.

Sí. Es Ella. El Rocío es Ella. Me quedaré entre gente que hable de aquello sin haber estado nunca, sin conocimiento de causa en la cateta cultura de oídas, la de quienes lo aseveran todo -no sólo el Rocío- simplemente por haber escuchado campanas sin saber dónde.

Yo me tomé mi tiempo -¡siete años seguidos!- para averiguar las entrañas de aquel nombre sagrado de Andalucía. Fui abriéndome sitio en el corazón a base de apartar con coraje la hojarasca seca e inerte de los chistes sobre el polvo del camino; de machetear a un lado y a otro la pobre y falsa idea de que el Rocío es un inmenso cachondeo de más de un millón de salidos y salidas. Pero el que la romería, como la Iglesia, esté hecha de hombres y mujeres con flaquezas no empaña ni queriendo la luz de un imparable espíritu al que llaman Blanca Paloma. A nosotros nos pueden ganar nuestros pecados, pero Ella sabe cómo rendirnos a su gracia, desbaratarnos de manera fulminante -le bastan unos segundos- en la tozudez más empecinada contra el prójimo, tirarnos del caballo del que en años nadie fue capaz de bajarnos. Ella es la pura estrategia de la suavidad, el recurso inesperado de la más ilimitada ternura. Ella es la Virgen del Rocío. La que mi abuelo Rafael llevaba invariablemente sujeta al ojal de su solapa. Por eso no desistí de encontrarla desde el primer año en que por estas fechas llegué a la aldea y todo me desconcertó. No entendía. Y lo que menos a los almonteños. ¿Qué gente era aquella a medio camino entre sugerirme ser unos vascos del sur, de esos que se pasan horas cortando troncos de árboles inacabables, y los oriundos de Macondo en los cien años de soledad de García Márquez? ¿A qué civilización pertenecían? Y, sobre todo, ¿a qué fe?

Pero mi abuelo me fue guiando desde su recuerdo de hombre cabal. Si él había estado tantas veces antes que yo allí, es porque allí había algo. Paciencia me dije. Y la tuve…

Una mañana, cuando Ella pasaba ante el porche multicolor y feliz de la Peña El Quema al compás de palmas por sevillanas, mis mejillas humedecidas por varios recorridos del amor colocaron la llama sobre mi cabeza: ¡Es Ella! ¡El Rocío es Ella! ¡El Rocío es la Virgen! ¡Otra vez, a Dios gracias, la Virgen!

José María Fuertes es cantautor y abogado

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