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ESTE ERA EL GRAN PODER

ESTE ERA EL GRAN PODER

Lo ha pintado Manuel Navarro Siles, un artista inconmensurable. La primera vez que contemplé una obra suya fue de esa especie de Monte Tabor que es Osuna, donde conocí los mejores cobijos, tiendas y amparos del amor de los que no hubiera salido nunca. Osuna elevada en belleza con la corona de su Colegiata, en tonos malvas de una melancolía bien probada en sus labios.

Este era el Gran Poder. Su restauración técnica fue un éxito; pero artísticamente se lesionó un mensaje que había esculpido el tiempo… Sí, el tiempo, no Juan de Mesa; porque el tiempo también esculpe.

Esta pintura es sobrecogedora. Ese Gran Poder tuyo nos devuelve al Dios de San Lorenzo a su estado natural de abatimiento, al límite de sus fuerzas: o lo crucificamos ya, podría decirse, o se nos queda en el camino y no llega a los clavos.

Cuando restauraron al Gran Poder alguien -Carlos Colón, vamos- llegó a escribir que ya podíamos mirarlo, verle el rostro; cuando lo mejor que poseía el Gran Poder era precisamente que no teníamos agallas para mirarlo.

Tú lo has recuperado llegando al Gólgota deshecho, como un trapo, una auténtica miseria humana. Porque los hermanos Cruz Solís sabrán mucho de termitas y xilófagos, pero pusieron al Gran Poder empezando la calle de la Amargura. Si, como tanto nos aseguraron, así lo esculpió y encarnó Juan de Mesa, el paso de los siglos había superado su obra, llevándola más allá, mucho más allá, de su valor inicial.

Viendo tu cuadro, me pregunto ¿porqué después de resolver las curaciones de los deterioros o repintes, no se te llamó para encarnarlo como lo has hecho en tu obra?

Los días van mejorando a Juan de Mesa y atormentando al Gran Poder, Señor de tormentos. El tiempo vuelve a dibujarle en el rostro la geografía del dolor, el mapa de los holocaustos. Ya le hiere hasta Siria. Otra vez lo reconozco sin limpiezas ni técnicas desprovistas de arte. Se va restaurando lo restaurado. Y otra vez el Gran Poder, como en la obra de Manuel Navarro, se me va muriendo a chorros, se me cae a pedazos, no me va a llegar a la cruz. Es una doliente negrura vencida por la más grande misericordia. Y, lleno de vergüenza y pecados, vuelvo a no tener el valor de mirarlo.

José María Fuertes

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