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El incidente del intelectual Unamuno y el general Millán Astray el 12 de octubre de 1936.-

El incidente del intelectual Unamuno y el general Millán Astray el 12 de octubre de 1936.-

Por las minorías que aún leen, es conocido el incidente protagonizado en la Universidad de Salamanca en 1936, en plena Guerra Civil, entre el intelectual y escritor Miguel de Unamuno y el general fundador de la Legión, Millán Astray. Unamuno había en cierto modo aplaudido el golpe de estado del general Franco, un poco defraudado por el fracaso y el caos en que se tradujo la II República Española. Meses después, al darse cuenta que “tan jodido es enero como febrero” quiso rectificar con un discurso en defensa de la cultura y en respuesta a otro en el que se justificaba la barbarie y la xenofobia al pueblo vasco. (*)


Variadas son las versiones sobre este incidente que se saldó con la proclama famosa de “Muera la inteligencia, viva la muerte” de Astray y la de Unamuno, con su “Venceréis, pero no convenceréis”, teniendo el intelectual que salir escoltado del brazo de la mujer del Generalísimo, Carmen Polo de Franco porque le iba en ello la vida.

Unamuno se refugió en su casa vigilado por los golpistas. Pocos meses después murió allí más que de enfermedad, de hastío y de pena. Un desencanto similar tuvo el ex ministro de Agricultura republicano de la CEDA, el sevillano Manuel Giménez Fernández, quien tras aplaudir el golpe estuvo a punto de morir en Chipiona a manos de una partida de falangistas.

Los tiempos han cambiado, imagino que para mejor pero el clima enrarecido que se vive en muchos ayuntamientos españoles salpicados de casos de corrupción, prepotencia, desprecio a las libertades, censuras en los medios de comunicación públicos y amenazas generalizadas a quien ose enfrentarse al poder establecido ha hecho que muchas personas sensatas, no ya sólo los intelectuales, sientan una mezcla de asco y desencanto generalizado hacia esa ley de facto que es la del pensamiento único.

Claro está que en la actualidad nadie se va a morir como Unamuno de pena. No por nada, sino porque, valga la redundancia, no merece la pena.
Tan sólo queda la esperanza que la situación vaya a peor y nos explote la mierda en la cara a todos como ocurría con la niña de la película El Exorcista, con perdón. Muchas veces es preferible que se hunda el barco para que salgan a flote todas las ratas.

Ahora no se grita en los ayuntamientos el Viva la muerte, no por nada, sino porque aún la Constitución Española no permite la apología del terror, pero sí que se palpa aquello de viva la ignorancia y la estulticia. Lamentablemente cabe pensar que muchos pueblos y ciudades de España han cambiado su heráldica por su estúltica.

No quiero ni preguntar a todos aquellos que lucharon en el antifranquismo, o a los que murieron, si fuera posible hacerlo, a nuestros héroes de la Transición, sobre si mereció la pena tanto esfuerzo para desembocar en este actual remedo de democracia. En una clase política que con honrosas excepciones no tiene ni ideas ni ideologías. Tan sólo la cultura del pelotazo y no me refiero en exclusiva al urbanístico sino al pelotazo personal que para muchos ha supuesto pasar de no hacer nada a no hacer nada pero cobrando. Algo así como mercenarios pero de la política.

¿Dónde está ahora el talante y el consenso que idealizó inocentemente el ex presidente Adolfo Suárez?.
Si los ayuntamientos son la máxima expresión folklórica de un patio de vecinos mal avenidos, tampoco le van a la saga los parlamentos nacionales y autonómicos donde sus señorías están peleándose o en su lugar perdidos no se sabe dónde.
Puestas así las cosas habrá que recordarles a gran parte de nuestra clase política, parafraseando a Unamuno: Venceréis pero no convenceréis.

(*) Es célebre el altercado que mantuvieron Miguel de Unamuno y Millán Astray el 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, al que habían asistido diversas personalidades con motivo de la celebración de la Fiesta de la Raza (lo que hoy es el Día de la Hispanidad, el aniversario del descubrimiento de América): el arzobispo de Salamanca, Enrique Plá y Deniel, el gobernador civil, Carmen Polo Martínez-Valdés (esposa de Francisco Franco) y el propio Millán-Astray.
Lo que sucedió, según cuenta en su obra La guerra civil española el hispanista inglés Hugh Thomas, es lo siguiente: el profesor Francisco Maldonado, pronuncia un discurso en que ataca violentamente a Cataluña y al País Vasco, calificando a estas regiones como «cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, que es el sanador de España, sabrá como exterminarlas, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos. »

Alguien grita entonces, desde algún lugar del paraninfo, el famoso lema «¡Viva la muerte!». Millán-Astray responde con los gritos con que habitualmente se excitaba al pueblo: «¡España …»; «.. una!», responden los asistentes.
(Algunos jóvenes estudiantes falangistas (según otros carlistas) intentan enmendar el viva la muerte con vivas a Cristo Rey y a la paz misericordiosa (…) pero son apagados por los ensordecedores gritos de ritual semirracionales y acaban siguiéndolos).
– «¡España …», vuelve a exclamar Millán-Astray; «.. grande!», replica el auditorio.
– «¡España …», finaliza el general; «… libre!», concluyen los congregados.
Después un grupo de falangistas ataviados con la camisa azul de la Falange hacen el saludo fascista, brazo derecho en alto, al retrato de Francisco Franco que colgaba en la pared.

Miguel de Unamuno, que presidía la mesa, se levanta lentamente y dice: «Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia.
Quiero hacer algunos comentarios al discurso -por llamarlo de algún modo- del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes.
Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo , dice Unamuno señalando al arzobispo de Salamanca-, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona. Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito «¡Viva la muerte!» y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente.
El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor.»
En ese momento Millán-Astray exclama irritado «¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!», aclamado por los asistentes. El escritor José María Pemán, en un intento de calmar los ánimos, aclara: «¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!».

Miguel de Unamuno, sin amedrentarse, continúa: «Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.»
A continuación, los soldados al mando de Millán-Astray prendieron de forma espontánea a Unamuno; pero se libró gracias a la intervención de Carmen Polo de Franco, quien agarrándose a su brazo lo acompañó hasta su domicilio.

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