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“Usted no es mi obispo pero yo soy su alcalde”

“Usted no es mi obispo pero yo soy su alcalde”

Julio Anguita, el Califa Rojo, siempre ha destacado por figurar entre los mejores alcaldes de España. En sus varias comparecencias ante los electores supo ganarse el voto de los suyos y de los que no lo eran tanto.
Fue sonora en su tiempo la polémica que sostuvo con el entonces Obispo de Córdoba, monseñor Infantes Florido por las críticas de éste tras la cesión de un pequeña mezquita al culto musulmán.
Anguita no tuvo más remedio que zanjar la polémica con aquella célebre frase que los periódicos tradujeron como “usted no es mi obispo pero yo soy su alcalde”.

Seguro que los cordobeses en su mayoría se sintieron orgullosos en ese momento de ser representados por su alcalde. El poder civil y democrático, el decidido por los ciudadanos, en su máxima expresión.
No es Anguita el único alcalde recordado con cariño, tal es el caso de Enrique Tierno Galván en Madrid o quizás Francisco Vázquez en La Coruña.
Pero desgraciadamente no de todos los alcaldes se puede decir lo mismo. Durante estos 30 años de ayuntamientos democráticos que en estos días cumplen aniversario, han sido muchos los advenedizos que tras las siglas de partidos fuertes o incluso de sospechosas listas independientes se han sumado al carro democrático. Alcaldes sin ninguna cultura democrática- nada que ver con los títulos y expedientes académicos-, analfabetos de la historia de La Transición pero experimentados en la cultura del ladrillo.

Alcaldes de adhesiones inquebrantables de estás conmigo o contra mí. Alcaldes que le echan la culpa de su desastrosa gestión a los partidos de la oposición o a los medios de comunicación, simples mensajeros éstos últimos de lo que pase en una ciudad.
Alcaldes que confunden las televisiones y radios públicas con un juguete a su antojo y ante los que la censura franquista palidecería de envidia cochina. Que intentan poner o ponen a los profesionales que trabajan en estos medios en situaciones humillantes.
Alcaldes visionarios que no les importa malgastar el dinero público en proyectos rocambolescos.
La justicia, aunque tarde, afortunadamente va poniendo a cada uno en su sitio y ya se sabe, no hay mal que cien años dure.

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