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Historias de El Tiempo Vuela

Habíamos estado por la mañana en la caseta de la playa de Regla. Tras un baño escuchábamos a Pepe Soyo o a Marisa Carrillo en uno de esos programas playeros de Radio Sevilla, comíamos en el Sardinero o en Los Manolos de toda la vida y luego mamá nos obligaba a dormir siesta rigurosa.

La siesta sólo era interrumpida por la terca voz de “sultanas de coco y huevo” y “qué buenos bollos de leche llevo”. Después de un flete en la bañera de cinc, al paseo de Regla cogiditos de la mano. Íbamos al husmo del algodón, del polo helado o de aquellas pelotitas tan puñeteras con elástico que nos servían para el noble deporte de enviarlas hacia el culo rotundo de una niña.
Pasábamos por la cartelera del cine. Allí estaban bien anunciadas todas las películas. Las de Tarzán, las de Manolo Escobar, Sandokan o las de dibujitos de Walt Disney. ¡Omá hoy quiero ir al cine” ¡.- No, hijo no, que está la cosa muy mala- La verdad es que eso de la cosa muy mala lo he escuchado siempre. Esa noche ponían una de Joselito, aquello del Ruiseñor de las Cumbres. Menúo gachó, quien se iba a imaginar que un niño con una cabeza tan gorda y tan bien cantado nos iba a salir mercenario pasados los años.
Llegábamos a Villacañas. Ya habían regado. ¿Se acuerdan cómo se hacía? Pues era con un cubo verde y a mano. Teníamos que comprar unas chucherías en el carrillo de Manolito Piculi. Ay ¡qué tertulias se hacían en el banco de piedra alrededor de dicho carrillo. ¡Ah ¡y que no nos faltara el higo chumbo fresquito, ese que luego tenían que utilizar una horquilla de moño para desatascarnos.
Y allí se alzaban las majestuosas cunitas en lo que hoy es el charco de los pulpos. Las cunitas y el tren de los escobazos. Qué plan aquel del tren de los escobazos con su vieja máquina y la bruja que era más feo sin careta que con ella. Curiosidad, miedo, las ganas de coger una escoba. ¡Qué difícil era coger una escoba. Muchas de ellas se las llevaban las criadas o marmotas que traían a sus niños bien arregladitos y a las que se les acercaban los ligones. Sí, algunos terminaban ligando y las criadas dándoles la merienda por la cocina sin que se enterase la señora. Mientras, uno no deseaba que acabase el viaje en tren. Pasodobles, canciones de verano. Qué desilusión cuando acabábamos el viaje y no cogías la escoba. Qué alegría cuando la conseguías y empezabas a dar escobazos a diestro y siniestro.
Bueno, habíamos convencido a mamá y ya estábamos viendo a Joselito en el Ruiseñor de las Cumbres o Marisol rumbo a Río, o al Zorro. Era en el Gran Cinema, qué curiosidad me causaba aquello de Adán y Eva pintado en la puerta de los servicios. Empezaba el cine casi de día y también me resultaba curioso que vivía gente detrás de la pantalla. Esa pantalla en la que noche a noche se podía ver una gran salamanquesa del tamaño de una acedía posada en los pechos de Liz Taylor o en los mismos cojoncitos de Tarzán. ¿Qué habrá sido de aquella salamanquesa, vivirá aún?
Vuelta a casa. Las vecinas hablando tranquilamente en la calle del Santo en sus sillas. Niños, a dormir que mañana será otro día.

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